jueves, 28 de junio de 2018

MI PEQUEÑO JARDÍN URBANO

Hace ya algo más de un año que vivo en esta casa. La vida se va normalizando, y poco a poco también se irá formalizando. Todo empieza a ser más fácil, aunque hay algunas cosas de la cotidianidad de la que fue mi casa durante la friolera de 27 años, más de la mitad de mi vida, o toda mi vida adulta, como las puestas de sol, las caídas del arco iris, las lunas, el silbido del viento y la vista a lo lejos del Aljarafe sevillano. Siempre hay una balanza en la que poner las cosas; y cómo no será el asunto que, aún renunciando a todo aquello, ya me quiero quedar aquí, haciendo esta vida.


Una de las cosas que he ido forjando en este último año, es un pequeño jardín urbano, por no decir una terraza recargada en exceso, cuyo cuidado he tenido que aprender, porque el sol aquí es otro. Y la luz, y el viento, y los fríos y los calores, las horas y todo lo que afecta a la felicidad de mis plantas. Ellas, sin embargo, me van avisando de qué lugar es el correcto para estar bien cuidadas y para que no sufran las inclemencias, manteniéndose así bonitas y creciendo y desarrollándose continuamente. Me advierten con su lenguaje corporal de que tienen exceso o defecto de algo (agua, luz, aire...) y solo tengo que descubrir qué necesitan o qué les sobra, para tenerlas cómodas.


El gran problema del verano, cómo no, es el exceso de sol. Las quema en pocos días. No importa cuánta agua les ponga, ni a qué hora. Por la mañana les empieza a pegar el sol, y no deja de pegarles hasta que se pone. En invierno eso es una maravilla, pero en verano es una agonía para las pobres plantas. La opción más fácil es dejar que se estropeen y esperar al otoño para reponerlas, pero he preferido reflexionar un poco sobre como mitigar estos excesos.


Veamos: Tengo unas plantas más resistentes, que otras. Esto se ve en lo carnoso de las hojas, que retienen más agua y es más difícil que se sequen. Los photos, las cintas, las "palmeritas" y demás, que son más altas y soportan mejor el sol, las he colocado hacia afuera. Las demás, más pequeñas y delicadas, las he puesto detrás, protegidas por la sombra de las primeras. Después de todo, la mejor sombra es la de la propia vegetación natural.




Incluso he hecho un visillo de una tela muy ligera, en un color tostado claro, para filtrar un poco la luz y el calor.

Por supuesto, les he limpiado todas las hojas que se les habían secado y les he puesto un poco de tierra nueva, para no ponerme a trasplantar con el calor. Esto será mejor hacerlo sobre Octubre.

Les pongo agua cada dos o tres días, en poca cantidad. Cada par de semanas, me las llevo  a la bañera, a primera hora de la mañana, y les doy una ducha ligera con agua fresca.

Se están recuperando muy bien. Aún están un poquito "tocadas". Aún así, hay que ir observando y cambiando de sitio las que se vea que no están a gusto donde las he puesto, e ir cambiándolas de lugar, hasta que se vean felices. También notan el amor de las manos con las que las cuido, y a cambio me ofrecen su belleza y me enseñan cosas de la sencillez de la vida, que siempre, siempre, se abre camino.





Ahora predomina el color verde, que refresca, embellece y sana. Ya llegará otra vez el tiempo colorido de la floración.




Creo que, contando todo esto como consejo, no hay quien pueda decir que a unas personas se nos dan mejor las plantas que  a otras, sino que no las cuidamos igual. Y me parece que estos cuidados son aplicables a cualquier tipo de jardín.


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