martes, 13 de noviembre de 2012

Una tarde en Los Corales

          Cuando entré en Los Corales, tuve la sensación de haber entrado en un sitio acogedor, especial y de elegante aspecto general. Decorado en añil muy clarito y blanco, y con el mobiliario también impecablemente blanco con sus altas mesas protegidas por tapas de cristal, y sus taburetes cómodos, me recordó, sin remedio y con  mucha morriña, al taller de Cocinoparatí, exactamente con el mismo colorido.  Un sitio donde te daban ganas de quedarte.

          El hecho de que las mesas estuvieran unidas de forma tal que podrían sentarse a ellas diez o doce personas, le daba un aire informal que me recordó a algunos bares de Portugal, donde los comensales, sean muchos o pocos, comen en mesas corridas junto a personas que no conocen. Allí me parece realmente bonito; aquí, realmente innovador. 



          Guiados por nuestro anfitrión, Manu, nos situamos en la mesa del fondo, donde disfrutamos de las tapas que tuvieron la amabilidad de ofrecernos: Tal como nos anunciaron degustamos, primero, una tapa de ravioli de cola de toro en su jugo...


          Consistía en una perfecta elaboración de pasta filo con un relleno de tierna y jugosa carne de toro. El ravioli iba frito y era perfecto. Perfectamente sellado; perfectamente relleno; perfectamente dorado y sin que nada saliese por ninguna parte. Iba servido sobre unas patatas cortadas al "puente nuevo" que se veían caseras y recién elaboradas. Fritos, fritas... sí, pero ahí no había ni una sola gota de aceite sobrante. Era perfecto. 

          En las patatas había jugo del guiso de la carne y la tapa estaba emplatada en pizarra y decorada con unas líneas alrededor de un mojo riquísimo y de llamativo color, así como unas líneas de reducción de módena. Ésto último no lo terminé de entender. Aún sin sobrar me pareció que, ni por decoración ni por aderezo, era necesario. 

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          La segunda tapa, que está prevista para ser incluida en la próxima renovación de la carta, era de presa con una guarnición de daditos de patata con jamón y aceite de cacao, con mayonesa de huevo frito. También emplatada en pizarra, en la guarnición de patatitas confitadas sorprendía la textura de los minúsculos cuadraditos de jamón que, a primera vista, parecía que iban a ser duros y resultaban deshacerse en la boca. Sorprendente también, despertó mi curiosidad la mayonesa de huevo frito que, realmente, tiene sabor a huevo frito y "mijitas" de las puntillas del mismo. ¡Genial!



          El chef tuvo la gentileza de salir en pleno servicio a explicarnos las dudas sobre lo que habíamos degustado. ¡Cuánto tiene para dar, en elaboraciones, ideas y conocimientos!


          Y nuestro anfitrión nos deleitó con su amabilidad y su imborrable sonrisa durante todo el rato. Los profesionales que nos atendieron nos hicieron sentir realmente bien en todo momento. Un rato y una experiencia de lo mejor.

¡Gracias por todo!

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