miércoles, 18 de enero de 2012

A LA DIETA IV: Una de fondos y consomés

Lo peor de seguir una dieta siempre, siempre, es pasar hambre. Es cierto que en pocos días nos acostumbramos a hacer ingestas frecuentes (cada 3'5 o 4 horas) en pequeñas cantidades de comida. Pero se produce una especie de "desconsuelo" por la descompensación de calorías de las ingestas con la necesidad (una dieta restrictiva no deja de ser un método en el que consumes menos de lo que necesitas, para que el organismo queme la energía en forma de grasas que se han ido acumulando).

En esta dieta, que aún siendo restrictiva, se caracteriza (perdón por tanta insistencia) por la disociación de alimentos, tenemos la ventaja de que podemos incrementar la cantidad de comidas permitidas en cada ingesta. Por ello, podemos añadir grandes cantidades de verduras, especialmente las comúnmente utilizadas para ensalada (lechugas, escarolas, espinacas, repollo, tomates...). Lo único que no debemos incrementar el aceite y sal en su aderezo (mi truco consiste en añadir solamente un hilito de reducción de módena. Aunque contiene azúcar, siempre es mejor que añadir grasa).

También podemos agregar, a casi cualquier hora del día (solo exceptuamos los momentos cercanos al de la fruta), líquidos hipocalóricos, como consomés y fondos, que se elaboran casi con cualquier cosa. De eso va, justo, esta entrada: de líquidos que quitan el hambre, aportan sustancia y casi ninguna caloría. Los podemos tomar calentitos, para compensar esas ensaladas frías en este tiempo desapacible de frío. Los podemos agregar a la cocción de verduras, para enriquecerlas y podemos también tomarlas entre horas como aperitivo para saciar ese "desconsuelo" de apetito que no se distingue bien si apetece sólido o líquido. Yo daré un par de ideas. Luego, cada cual las adapte a sus maneras, gustos y/o posibilidades.

Este primero está hecho de haber cocido al vapor una coliflor, un gran manojo de brécol que venía de la frutería con sus hojas y unos pitraquillos de carne de cerdo de un jamón fresco que había troceado para hacer un arroz en un tercer tiempo. Lo que cocemos en esta olla, cubierto de agua, durante dos horas, tapado y a fuego lento (añadiendo agua a medida que se vaya consumiendo) son las hojas y los tronchos y sobres del brécol y la coliflor, con los pitraquillos de la carne. Después de cocer y enfriar, hay que colarlo bien, para retirarle la capa blanca (clarificar) que se forma, si no, estamos añadiendo grasa. Lo sólido se desecha. Nos dura en el frigorífico hasta 4 días.

El sabor es fuerte de verdura consistente, similar a la berza con la que se hace el pote gallego.



Otra posibilidad es lo que hemos puesto en este escurridor:


Esto son mondas que normalmente tiramos a la basura, de puerro, apio, zanahoria, calabacín, calabaza y puntitas de habichuela. Además se le ha añadido un par de huesos de espinazo de cerdo. Para hacer este caldo, hemos lavado y frotado bien las verduras antes de pelarlas, para no arriesgarnos a encontrar arenilla en el caldo. El sabor de éste caldo es más delicado. Y lo sería más si los huesos fueran de pollo. Es importante clarificar, insisto, para eliminar la grasa.

Nunca añadimos sal. Intentamos evitarla en todos los platos. Soy consciente de que añadir un hueso o cualquier trozo animal supone saltársela un poco, pero es mejor, con diferencia que pasar un mal rato hasta atracar la nevera o pasarse a la hora de la comida.

Ea, y voy a tomarme un caldito caliente, que me queda un rato para la fruta y estoy helada. ¿alguien gusta?



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