lunes, 11 de julio de 2011

Un paseo por la Sierra Norte de Sevilla

El sábado anduvimos de visita por algunos pueblos de la Sierra Norte de Sevilla. Nos hizo una temperatura excelente. Poco más allá de las doce del mediodía, aún andábaos a 29 grados. La primera parada, según costumbre, la hicimos en El Pedroso, donde compramos carne y paté de venado de Nortecaza. En este pueblo se celebra, todos los fines de semana más cercanos a la Purísima (La Inmaculada Concepción) una feria de productos de la Sierra Norte de Sevilla, que ocupa todo el mercado de abastos municipal y que da a conocer productos de alimentación y artesanía que son un deleite: Chacinas, licores, vinos, quesos, incluso materiales de construcción...

Continuamos hacia Cazalla de la Sierra, donde paramos, también como siempre, en casa Rivero, para llevarnos algunos de sus productos caseros del cerdo ibérico de bellota: Chorizo, morcilla y salchicha (ésta última para cocinarla), así como un poquito de jamón cortado... y, claro, una botellita de aguardiente de orujo de El Clavel, que no es fácil encontrar. Esta vez nos contaba don Francisco Rivero que El Clavel, en Cazalla, tiene tres tipos de clientes fijos: Los más mayores consumen el anís seco; los menos mayores, el anís dulce y los golosos (sobre todo señoras) el licor de guindas. Por eso, para encontrar el aguardiente de orujo de El clavel, hay que ir, casi siempre, a buscarlo fuera del pueblo.

Y luego a la zona de recreo de El Martinete. Bordea la carretera desde Cazalla a la Ribera del Huéznar, que nace en San Nicolás del Puerto, donde existe un parque con merenderos entre un montón de vegetación natural donde puedes pasar horas mirando nacer el río Huéznar desde la tierra, e ir cogiendo fuerzas para caer en cascadas en la parte alta de El Martinete. Y otra parada: Ésta para darnos un baño en el agua helada del río. Sin protección solar. No es necesaria porque la vegetación es frondosa y solo hay sombra. Ni siquiera mis fotofóbicos ojos echan de menos las gafas de color marrón.

Y a comer a Guadalcanal. Al restaurante El Serón. Que no es el mismo (se nota un traspaso y un cambio de carta y de cocineo en general) desde la última vez que lo visitamos. No obstante, conserva el mismo trato familiar de siempre. De allí nos trajimos una garrafa de aceite de la Cooperativa de Guadalcanal. Ese es uno de los tres AOVE que más me gustan. Un lujo para el paladar y un adorno, por su color y espesor, para cualquier plato.

Y hasta Malcocinado llegamos esta vez. Ese pueblo hay que investigarlo más. No es posible que no haya absolutamente nada, excepto una panadería que solo abrió para despacharnos unas perrunillas y unas galletas de leche, típicas de allí y de otros pueblos cercanos. Y, cómo no, una cooperativa del aceite. Pero, claro, Malcocinado ya no es Sierra Norte de Sevilla, sino Campiña Sur Extremeña.

Hora de volver a casa: Sobre nuestros pasos. El coche nuevo se porta de maravilla. Al pasar por Cazalla de vuelta, descubrimos, ya solo para merendar, el Restaurante Cortijo Vistalegre, parece que recién inaugurado la primavera pasada. Un maravilloso centro de eventos cuya descripción se me va de las manos por el paisaje, el enclave, la decoración... pero sí puedo decir que tienen una cocina híbrida entre lo creativo y lo tradicional, con una carta de postres excelente. Merendamos tiramisú y una tarta de manzana elaborada a modo de pudding, emplatada con una salsa hecha de lo que parecía un almíbar de licor de guindas. 



Caía una tarde preciosa. Templada, que no calurosa y, aunque daba más que pena abandonar el sitio y la tierra del parque natural, no quedaba más remedio que ir pensando en volver a casa. 

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